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El mundo es la conciencia (Reseña de “Semidioses por derribo” de Isidro Sánchez Brun). Por Francisco Caro

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Sabido es que María Zambrano, ante la disyuntiva clásica entre el filósofo y el poeta como poseedores de miradas distintas para observar, entender y explicar el mundo, se inclinaba por la del poeta. Y eso ella, que era filósofa y de las grandes. María defendía la poesía frente a la soberbia totalizadora del filósofo. Digo esto porque el enfrentamiento entre la filosofía y la poesía es de raíz griega y el libro de Isidro que nos ocupa –Semidioses en derribo–ancla el escenario de su voz en el tiempo y el territorio que engendró nuestro humanismo. La poesía es falacia, mentira. Se opone al ser, a la verdad, porque acoge a lo que no es, dicen ellos los filósofos. Niega el logos, subrayan. Ante tales afirmaciones, cabe decir que el poeta habla desde la razón poética, desde algo que surge en su interior, y y que él posee aunque sea de forma descontrolada. El poeta es morada, nido, de algo que lo domina y lo arrastra. Y mientras el filósofo quiere enseñorearse de la palabra, el poeta se inclina ante ella y acepta ser su esclavo, consumirse en ella o ser consumido.

Recordaba yo estas cosas mientras leía Semidioses en derribo, esta residencia cultísima en estilo y decisión en que nuestro Isidro ha decidido habitar. Todos sabemos, desde tiempo, de la formación clásica de nuestro navarro, de la que jamás hemos oído pregón por su modestia, pero que se transparentaba en sus modos, porque los sabios saben enseñar, extenderse, sin pretenderlo. Maneras, concepciones de vida que en este libro que hoy presentamos han hecho eclosión. Esta nueva entrega de Lastura es más Isidro Sánchez Brun que nunca. Sabíamos, conocíamos las características técnicas impecables de su producción, la manera exquisita de acercarse a los temas que importan. Yo, personalmente, las conozco desde Más de diecisiete y desde Zaguán de paso, libros prismas capaces de dar y decir noción clara de su hacer sereno. Pero lo que hoy acude a nuestra atención es un paso adelante. Y no repentino, y no forzado por urgencias, porque observando la arquitectura, el orden y el rigor de su trabazón,  me hace sospechar del tiempo meditativo que la ha precedido y rodeado.

Dice Zambrano que el filósofo se queda prendido de la capacidad del poder, entendido este como dominio de las posibilidades, como capacidad para conciliar la propia voluntad al absoluto de la verdad conocida. El poeta por el contrario, queda encadenado por el encanto de una presencia, por el amor y el enigma, y no le interesa ese poder ni sus posibilidades. Su libertad no es la del saber seguro, sino la de dejar que algo que lo transciende pase a través de él, se haga a través de él.  Y yo digo que Isidro es poeta tentado por la meditación, sujeto en esa dicotomía que aquí resuelve de forma enriquecedora. Porque Isidro, sépanlo, se sitúa en el terreno de lo divino como origen al mismo tiempo que en el de lo terrenal como destino. Dicho de otra manera, ­–que diría nuestro reciente registrador de la propiedad– en ese hallazgo de la mitología griega que son los héroes, que son los semidioses. Territorios en donde el destino y las pasiones se ven limitados por el rigor de las fronteras del tiempo. La vida y el amor son horizontes sesgados por la fugacidad, al tiempo que condicionados por las circunstancias. En esas coordenadas levanta Isidro sus poemas de reflexión dolosa y voluntad esplendente. Allí, y ahora, en mitad del combate, es donde esperan al amor los escasos momentos que le son concedidos.

Componen el libro 40 poemas en orden continuado, 40 instantáneas que toman su paisaje en la Ilíada homérica, en ese momento de la guerra de Troya donde se manifiesta la Cólera de Aquiles. Sí Aquiles, el héroe, el hijo de Tetis y Peleo, viviendo en el momento en que enfurecido y cabizbajo, dolido y humillado por la ausencia forzosa del amor, se enfrenta sin tapujos a su condición mortal, a sus aristas, al dolor que el mundo parece ofrecerle. A lo mortal como escenario, pero también como conciencia. Así, en el poema, “Todo es lluvia”, dice

Recuerda que pasamos casi de puntillas
desde una soledad a otra,
con esa luz sin signos
que oscurece las sombras y los cuerpos
como si todo fuera una costumbre
que ha aprendido a vivir con nuestra muerte   

Porque es ahí, a lo mortal, al barro de lo mortal, tan similar al barro del origen, a donde han sido derribado los héroes. Aquiles toma nota de que su destino ya está escrito y de que nada de lo que le suceda en el mundo será ajeno él. Ni el dolor, ni la venganza, ni el desconsuelo, ni la herida de la derrota, ni la dependencia que los cuerpos muestran de la avaricia de otro cuerpo. Avaricia que no disimula los rigores del paso del tiempo sino que la acrecienta y la llena de urgencias. Nadie nos ha devuelto nunca los años que perdimos. Y nunca subiré a mi nave de regreso ¿Han roto su palabra nuestros dioses? Nos inquiere y se inquiere. Y son versos claves. Es imposible vivir desde la desesperanza, la vida se nos muestra entonces, como a Aquiles, como un desierto que se acerca. Que nos cerca. Obligándonos a verla como arena aceptada. Y consentido abismo: No sobreviremos a esta guerra / He venido a morir… se lee en la página 43.

Nuestro autor sitúa al protagonista en el momento en que Agamenón le ha reclamado la entrega de Briseida, la esclava y la amante en donde su espíritu y su cuerpo de guerrero reposaban y era motivo de creación. El desaliento le invade, abandona la lucha, retira sus tropas, los afamados mirmitones, de la contienda con los troyanos, y ensimismado en sus cuitas, como un futuro Marco Aurelio, reflexiona sobre la caducidad y/o la inutilidad de su condición humana. De semidiós derribado. Hombre al fin. Recuerda el momento en que encontró y tomó a Briseida: la destrucción del templo fue el aviso/ del poder soberano de la fuerza./ y en él te hallé, mujer sacerdotisa. El poder de la poesía como búsqueda de lo armónico: “Nuestros músicos luchan por las noches… Yo también soy poeta que va sobreviviendo, verso a verso, en tus ojos.” El mundo daba muestras de cierta amabilidad mientras el amor brotaba, crecía, pero luego…

Acudirán las noches sobre Aquiles, sobre todos nosotros, y la profundidad de los oscuros, las reflexiones sobre el valor y la finalidad de los combates, de todos los combates –léase la vida–  y las maneras de jugar con ella, y ella con nosotros, durante nuestra existencia, Ovidios desterrados que siempre fuimos:  asumo que el terror es parte de uno mismo / y que la muerte acude a quienes viven. Pero volar con miedo es a veces no vivir, dicen sus versos. A lo largo de todo el poemario hay un mezcla, jamás confusa, de decisión y melancolía, que Isidro Sánchez Brun sabe gestionar con mano cierta y con el aroma de la serena madurez que da el estar, no por encima, pero sí al lado de las cosas, como testigo responsable. Y con el convencimiento que solamente el amor puede justificar una existencia tan poblada de obligaciones como escasa en recompensas. Y cuyo final está escrito por unos dioses que parecen ajenos a nuestro dolor, porque nos piensan pasiones obsolescentes. Algo que ya intuía el Octavio Paz que nos decía: todo se transfigura y es sagrado… pero el mundo nace cuando dos se besan.

Semidioses por derribo, escrito con una pulcritud que produce envidia, con una musicalidad que nos encadena a la lectura, con un vocabulario que nos recuerda la cortesía de claridad que deben tener los maestros, no es poemario al uso. Lo habrán advertido ustedes si he logrado trasmitir lo que deseo. No forma parte de la cultura débil con que los tiempos nos atropellan, su fortaleza reside en enraizar con uno de los grandes enigmas de lo humano: conocer nuestro desvalimiento, nuestra insignificancia, nuestro abandono y mantener la voluntad de una supervivencia teñida de verdad y de belleza. Tal es su afán.

Gracias Isidro, por aprovechar esas interminables horas de vigilia y la vieja soledad junto a un amigo fiel, –son tus palabras– para contarnos, para recordarnos lo que nunca debemos olvidar.  Es tiempo de que digas.

Francisco Caro

Presentación de Semidioses en derribo, de Isidro Sánchez Brun.  AEAE, 21 de junio de 2018

 


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El nido de Ivonne Sánchez Barea (por Miguel Arnas Coronado)

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El Nido, de Ivonne Sánchez

Por Miguel Arnas Coronado

 

EL NIDO_portadaAcabado el poemario de Ivonne Sánchez, se me vienen a la cabeza dos aspectos destacables. El primero ha sido la sorpresa, el segundo la estructura. Como lector virgen, ingenuo, gocé hasta el éxtasis con determinados versos, con algunas imágenes, con ciertas palabras que están engarzadas en el texto como gemas en joya. Como lector habitual de narrativa, mucho más que de poesía, me fijé en la estructura. Porque este no es una colección de poemas, sino un libro de poemas, que es diferente. Quiero decir que no es una recogida de poemas sueltos que la autora tenía en el disco duro (las novelas o los poemas ya no se guardan en el cajón, sino en ese ente inmaterial, virtual, irreal que es el ordenador), guardados sin saber bien qué hacer con ellos, sino un libro pensado con el apoyo de un esquema y escrito para ese esquema.

La distribución en partes: Bosque, Árbol, Ramas, Hojas, Flores, Frutos, Nido y Pájaros, es toda una estructura narrativa, un proyecto llevado a buen fin. El bosque es aquello en lo cual vivimos inmersos, es el lugar de lo inaudito, de lo mágico. El árbol es símbolo de la unión de tierra y cielo. En la mitología nórdica, Iggdrasil es un árbol sagrado que soportaba el cielo. En la Cábala, el Árbol de la Vida es la disposición de los 10 sefiroth o emanaciones de Dios, y esa distribución coincide con el cuerpo de Adam Kadmón, el hombre primigenio, aquel de quien en la primera narración del Génesis se dice “hombre y mujer lo creó”.

Todo aquel que mira un árbol se mira en un espejo. Ramas, hojas, flores y frutos son la progresiva individuación del árbol. No se olvide que cuando Ivonne pasa del bosque al árbol pasa de lo común, de lo indiferenciado, a lo personal. El árbol en el bosque es el individuo en la sociedad. Y por fin, el nido, símbolo de la seguridad, de la casa, del lugar caliente donde el hijo pródigo siempre vuelve. Como remate, los pájaros, de nuevo las personas, los individuos que vuelan libres. Ese es otro símbolo: el pájaro, y lo es de la libertad, y también de la unión con Dios o con los dioses, pues él alcanza el cielo.

Ivonne, inmersa en esa estructura, habla del paisaje y de la naturaleza con la que muchas veces se identifica, coincide. Pero asimismo habla de su vida, de su infancia, ese vergel de felicidad, normalmente.

Pero vayamos a la sorpresa. El primer poema está fuera del esquema del libro. No está metido en ninguna de esas ocho partes en que se distribuyen los versos. El primer poema habla de la Tierra. La Tierra es el contenedor de todo lo que prosigue, de bosque, árbol, nidos y pájaros. Porque los pájaros, dueños del aire, también utilizan la tierra como el que sueña debe despertar de vez en cuando. En la Tierra se construyen las casas y de la tierra vivimos. Y si continuamos fijándonos bien, ese primer poema es una historia de la humanidad, historia del mito, de la escritura, de la habitación y del aprovechamiento del suelo. Esa “lunar ventana que mira al cielo” donde “se amasa el viento de lo eterno” es el rincón de los sueños y del pensamiento, es el rincón húmedo e intransferible, nuestro y nada más que nuestro. Por lo tanto, en ese primer poema se está transitando desde las tierras de labor hasta el sueño, de un plumazo y como quien no quiere la cosa. Ese es el gran complejo de inferioridad de la narrativa, de ese arte que yo intento practicar, ante la poesía: esta soluciona un tema en dos palabras y un par de imágenes. Nosotros, los narradores, necesitamos dar explicaciones por extenso, envolver al lector en anécdotas, en escenas, en personajes. La poesía seduce al lector como la buena amante lo hace con caricias y serenos besos.

Hay algo en ese primer poema que no debe escapársenos: la obsesión por la casa, por el lugar donde refugiarse del ambiente hostil de fuera. Se nos habla de muros, de paredes endebles pero paredes a la postre, se nos habla de gruta, ese símil evidente del útero materno donde uno se siente a salvo. Tal vez eso es lo que hace vibrar a la poeta y eso es lo que nos quiere transmitir. Tal vez de ahí el título: Nido.

¿Y por qué no nos vamos del primer poema al último? Empieza con una declaración de principios: “En el nido de la paloma vivo”. Las campanas, a las que se hace alusión en el verso onceno son también un lugar porque las campanas marcan sonoramente la villa, el pueblo. Debo confesar que Ivonne y yo somos vecinos. En línea recta, desde su casa a la mía, no hay más de cincuenta metros. El campanario de la parroquia da las horas y tiene la decencia de estarse callado en horario de sueño, marcándolas solo desde las nueve de la mañana hasta las doce de la noche. Esas campanadas, que de vez en cuando llaman a misa y otras a muertos, son los hitos de nuestro tiempo y nos demuestran que estamos en casa. Casa. Nido. Ese es el quid de la cuestión. Pero acaso los más significativos sean los dos últimos versos de ese poema que cierra el libro: “Viven mis pájaros/ sobre el mástil del molino”. El mástil del molino es aquello que lo sostiene, aquello que lo mantiene erecto. Porque evidentemente, Ivonne nos está hablando de un molino de viento. Cercano al mástil está el eje del molino que permite la transmisión del movimiento de las aspas hasta la rueda. Todo habla del centro y de lo derecho, de lo enhiesto. Y volvemos a la seguridad porque ese mástil se encarga de impedir que todo el ingenio se venga abajo, caiga sobre nuestras cabezas. Es lo que salvaguarda a los pájaros, es decir a nosotros mismos.

Y me dejo algo en el tintero, aunque lo apunté al principio: la sorpresa. Pero verán ustedes, si un familiar querido les va a hacer un regalo-sorpresa para una festividad, y les dice en qué consiste, se acabó la sorpresa, ¿no? Por eso yo no voy a desvelar regalos. Búsquenlos ustedes, lean este libro como quien se come un helado feo de grande y gustoso como el placer más notorio. Se les garantiza la delicia. Y si no, les devolvemos los dineros. Gracias.