Manual de nocturnos

13,00

RAFAEL MORALES BARBA 

Descripción

Nº de colección: 97

Primera edición: octubre, 2017

Imagen de cubierta: Bobmachee (Adobe Stock)

Nº de páginas: 190

Tamaño: 148*210 mm

Encuadernación rústica con solapas

D.L.: TO 797-2017

ISBN: 978-84-947779-2-9

Comentario: Tiene aquí el lector los poemas reconocidos como tales y no de circunstancias o “alimenticios”, según escribió el talento de Luis Buñuel. Todos escritos antes del año 2005, apenas tocados, y escritos, no rescritos, como Canciones de deriva (Lecce, 2006-Cáceres, 2014) o Climas (Cáceres, 2013-Toluca, 2015). Su origen es antiguo en su primera redacción, hacia 1980-1990 el primer libro y entre 1985 y el 2000 el segundo, me cuentan los borradores que hoy voy rompiendo. Pero siempre superponiéndose las escrituras y quedando su fecha por el 1990-1995 en su última redacción. Nunca se habían reunido ni corregido es-tas soledades escritas a lo largo de los treinta años de mi escasa obra lírica, nacida “como una chispa eléctrica, que hiere el sentimiento con una palabra y huye, y desnuda de artificio”, según dijo Bécquer en su poética. Quizá hubiera debido decir rescritas, pues lo he hecho atormentadamente hasta dejar esta versión de la única obra que reconozco como de interés para mí.  He escrito, pese a todo, otros tristes secretos, rescoldo de estos y que, en cuanto pueda (trabajo muy despacio), daré a la luz. Ciertamente no tan diferentes y donde el yo todavía se encuentra agazapado en su malestar y retaguardia, recluido en cierto aterimiento dramático. Una poesía heredera de esos años antes del salto hacia afuera que me ocupa ahora, si bien nunca he dejado de mirar a los lados sin complacencia. El lector encontrará una mirada decidida y atenta, sensible y casi hiperestésica, con las circunstancias del dolor ajeno, el hambre o el desahucio, las separaciones, los ancianos y mendigos. Ciertamente un goteo continuo, que hacen de contrapunto y se reúnen en diferente proporción, no atención, ni intensidad con el asunto central: el yo en el alambre.

Ciertamente he sido un lector apasionado de poesía, como muestran los miles de libros subrayados. Desde el bueno de Antonio Machado o los herméticos italianos a los que leí pronto, o Wallace Stevens, o José Ángel Valente con alguna influencia, pero mucha menos que Bécquer, Juan Ramón o Cernuda, el García Lorca antes del Romancero Gitano, o los citados herméticos: Ungaretti y Quasimodo. También una influencia desasosegante, la de Constantino Cavafis en la versión de José María Álvarez, que seguramente traiciona al original en aspectos, pero hermosísima. Finalmente Fernando Pessoa y Álvaro de Campos desde hace cuarenta años (e incluso más), Blas de Otero, Claudio Rodríguez y José Hierro, Jaime Gil de Biedma han sido lecturas continuas… Felipe Benítez Reyes y Julio Martínez Mesanza, los poemas cortos de García Montero.

Poesía de línea clara la mía con sus elipsis y recovecos, clara “concentrada e intensa”, escribió el pro-fesor de la Universidad del Salento, Diego Simini, y cosida por la técnica del fragmento, huérfana e hija de su tiempo y del malestar personal que se ensimisma y se duele sin grito; su vitalismo agonista en su falta de pudor e intensidad adolescente se me hace hoy insoportable por su dramatismo confesional (pero así fue su talento y fervor atento a las crisis del yo hacia las afueras y al imán de los remolinos obsesivos). En la poesía con yo directo o escamoteado no se debe ser pesado, ni logolálico ni amanerado, ni exquisito o moral con un afán esteticista, sino legible en el decir trabado o mi manera de estar en el mundo desde la poesía. Esa idea de construcción de Ashbery pero nunca versicular ni logolálico, de un decir entrecortado, esencial y desnudo, pero no puro ni piedracelista, surge en este fraseo reticente, del fragmento que se renueva desde la tradición hermética entre la indeterminación y el decir desnudo. Del verso sin aditamentos reflejando una conmoción personal, o un viaje sin puerto entonces y su incertidumbre tormentosa. Viajes, ciudades y mucha naturaleza sirven de escenario a esta poesía hija de la juventud lejana y de la primera madurez.

(Rafael Morales, nota introductoria)

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