La noche de las almas abiertas

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MIGUEL ÁNGEL MAÑAS

La noche de las almas abiertas es un texto teatral que consigue hacernos reflexionar sobre nuestros límites personales y sociales a través de la mirada de todos los personajes.

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Descripción

Primera edición: Octubre, 2013

Número de páginas: 64

Prologuista: Diego Palacio

Dimensiones: 15×21 cm.

Encuadernación rústica con solapas

Depósito Legal: TO-628-2013

ISBN: 978-84-941514-8-4

Comentario: La noche de las almas abiertas es un texto teatral que consigue hacernos reflexionar sobre nuestros límites personales y sociales a través de la mirada de todos los personajes.

Valoraciones

  1. LA NOCHE DE LAS ALMAS ABIERTAS, Miguel Ángel Mañas
    No te gusta verte reflejado en los demás y por eso vas a romper todos los espejos
    Hay veces en las que las imágenes se nos anclan de tal forma que nos persiguen en nuestra huida al cuarto de baño, por las esquinas de la casa o simplemente nos devoran empezando por los pies. Otras imágenes, en cambio, nos expulsan más allá del Paraíso o nos deportan fuera de nosotros mismos; así que suponemos que por dolorosas, deben marchar al exilio.

    Miguel Ángel Mañas reaparece con un texto brillante a la vez que doloroso. Un mundo que agoniza y unos personajes que se rebelan. Hasta ahí podría parecer que es el argumento de cualquier texto postmodernista del momento; pero hay más. Hay juego y justicia. Buena voluntad y abulia colectiva. Sueños y hartazgo. Memoria y olvido. Camino y precipicio. Cócteles todos con sus luces y sombras pero que a nadie dejan indiferentes.

    En La noche de las almas abiertas cuatro personajes se abren las entrañas. Podríamos decir –incluso- que se desnudan, que lo van haciendo poco a poco, igual que las ganas; pero no es cierto. Con contemplarlos sentados en la barra de un bar, frente a una botella de alcohol, uno sabe que la pena sucede a la vida misma de los que nada tienen que perder más que las vejaciones. Y sí, se trata de cuatro personajes construidos a brochazos, que no gráciles dibujos, donde uno adivina a una Camarera que perdió su fe delante de un lago; a una Joven que busca perpetuarse en algo que no sea nada; a un Hombre, una sombra blanca iluminando todo el espacio, y un cuarto personaje, el Hombre 2, que no por menos persistente en el texto es menos relevante. Se trata de un anciano que ha perdido la memoria y también, en parte, se ha perdido dentro de sí mismo.

    Son todos ellos náufragos. El mundo ha cambiado pero ellos no. Su drama: reconocerlo y reconocerse. Mirarse cara a cara y desmoronarse. Son espejos cóncavos apenas abrillantados y con demasiados pliegues por los que perderse. Espejos multiformes y errantes. También pedazos sangrantes, porque cortan y amputan mutilando las ganas de reír y de amar, a partes iguales.

    Pero si bien el mundo de ahí fuera se oscurece, la barra del bar va ganando en tonalidades grises, azules y rojizas. Parece que la niebla avanza entre las mesas y las sillas hasta formar una cortina de repulsa que molesta sólo con tocarla. La lluvia ya no cala los huesos y el hambre no busca alojarse en un estómago vacío de los que abundan por ahí. Tampoco la locura se cierne sobre los personajes. Ni siquiera el delito de amarse por encima de las lápidas o de drogarse para que no duela. Porque claro, las heridas es lo primero que uno descubre cuando se mira en el espejo o en el otro, -llámenlo como quieran-. Uno se va palpando las costillas y va averiguando que en un palmo aquí y otro allá, hay tres centímetros de llanto por explosionar. También algo de odio cobijado cerca de la médula y pequeñas dosis de filantropía. Algo así como un vertedero hecho en la carne. Una ruta trazada por una mano amiga que está a la espera de que alguien la abrace.

    Pero no sé si me van siguiendo con este tono tan melodramático que por momentos me vence. Esta pieza va más allá del drama y la reflexión. A mí me gusta rescatar el último aliento de las palabras de estos hombres y mujeres que se desinflan. Parece que se van perdiendo en el hálito de la sobremesa. No sé. Ya me dirán ustedes si les han cogido cariño o no a estos seres que miran con ojos cansados y con una resignación aparente. Son de carne y hueso. Se lo aseguro.

    No se engañen, no es una obra de vanguardia… o sí. Por momentos se respiran aires de Brian Friel con su Faith Healer, o de Verónica Fernández con su Serena Apocalipsis; por nombrar a algunos diferentes de Loher y Orwell, entre otros. No parece fácil apuntar más lejos. Lo dejo a su antojo.

    Simplemente me uno a las voces que reconocen en este libro un ejercicio redondo y más sabiendo que cierra una trilogía que comenzó con Mortuo terra (2011), le siguió Tu palabra hágase en mí (2012) y que cierra La noche de las almas abiertas (2013). Ya ven: la tierra, la palabra y el alma, cicatrices todas ellas de cada uno de nosotros, o mejor dicho, del uno que sin saberlo lleva el nosotros.

    Iria Fernández

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