Jaime

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Descripción

Primera edición: abril, 2016

Prólogo: Tulia Guisado

Imagen de cubierta: Jaime

Número de páginas: 64

Dimensiones: 13×17 cm.

Encuadernación rústica con solapas

D.L.: TO 437-2016

ISBN: 978-84-945388-0-3

Comentario: “No se canta todo, no se puede. Cantamos lo que se pierde pero hay cantos que se convierten en grito porque no se puede cantar al espanto o a la injusticia sino solo contra ella, y no hay forma de hacerlo que no sea gritando. No hay una palabra que designe a la persona que sobrevive a un hijo. Hay huérfanos, hay viudos, pero el lenguaje no contempla un término para referirnos a quien pierde un hijo. No la hay. Si el lenguaje crea la realidad, estamos ante un caso de lenguaje que la destruye, o la niega. Donde vivimos existe el mismo vacío para llorar a los hijos que el vacío que hay en el lenguaje, ambos espacios son del mismo tamaño: pequeños, asfixiantes; y denotan lo mismo: el no querer reconocer ni nombrar aquello que no debería pasar. No hay lugar para la pérdida, ni para el grito. Si acaso, para el canto. El dolor es tan desgarrador que no existe palabra para designarlo. Hasta donde yo sé, solo en el idioma hebreo existe una palabra, “shjol”, que designa a la persona que ha perdido un hijo. Y es que “Y también vivirá,/ suelen vivir los hijos, casi siempre”, nos recuerda Ana Montojo, en “Tu ausencia en sábado”. Ese “casi siempre” lo determina todo. Lo distingue todo, lo marca. Lo alcanza todo: casi siempre. Dos adverbios que cambian el rumbo de una vida, dos adverbios que son tan contundentes como imprecisos. Escribe Umbral en Mortal y rosa, ese libro imprescindible que se ha convertido en el canto por excelencia a lo que no tiene nombre: “Estoy oyendo crecer a mi hijo. Un hijo es la propia infancia recuperada, la pieza suelta del rompecabezas. Lo que no viví en mí, lo vivo en él, lo que no recuerdo de mí es él. Él es el trozo que me faltaba de mi vida”. Así, la poeta intenta en este breve pero enorme conjunto de poemas oír crecer a su hijo, entre recuerdos, entre preguntas, en silencio, con una lírica del dolor cuyo único límite que conoce es el fin de cada verso: Aquel dolor cruzó todos los límites.” (Tulia Guisado, fragmento del prólogo)

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