Dos novedades de Ana Montojo: “Jaime” y “Este atronador silencio de los pájaros”

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Dos novedades de Ana Montojo: “Jaime” y “Este atronador silencio de los pájaros”

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Ana Montojo nació en Madrid. Su vocación literaria se remonta a su primera juventud, aunque no llegó a un posible lector hasta que empezó a darse a conocer en Internet el año 2005, a través del blog Necesito un cigarro, donde escribía artículos de opinión sobre temas de actualidad; desde el año 2007 escribe en el blog El humo ciega mis ojos, más dedicado a la poesía, género en el que se inició el taller de Enrique Gracia Trinidad en 1993. En 1998 su poema Cuando vuelvas ganó el premio de poesía “Carmen Conde” del Ayuntamiento de Majadahonda y en 2010 su primer poemario, La niebla del tiempo, fue galardonado con el premio “Blas de Otero” de la misma institución. En 2012 publicó su segundo poemario, Plantas de interior, en la editorial Cuadernos del Laberinto. Ha participado en numerosas antologías, tales como Enésima Hoja, poesía escrita por mujeres, y Amor, poesía amorosa contemporánea, con poetas de ambos sexos, en la misma editorial y con Ediciones Unaria, la antología Erotizhadas, poesía erótica escrita por mujeres. En 2015 colaboró en la antología contra la violencia machista Amor se escribe sin sangre, de editorial Lastura. Se han publicado poemas suyos en varias revistas literarias como Álora, Tintaviva, Piedra del Molino y la Hoja Azul en Blanco. En diciembre de 2014, vio la luz su primera novela,Memoria secreta de una niña bien, en la colección Netwriters de la editorial Atlantis. En abril de 2015 publicó su tercer poemario, Vivir con lo puesto, en la editorial Huerga y Fierro.  Ahora llega a Lastura y nos da la posibilidad de dar cobijo a dos nuevas obras que han visto la luz de forma simultánea dentro de nuestra colección Alcalima de poesía: Este atronador silencio de los pájaros y la plaquette Jaime, dedicada a su hijo.

ESTE ATRONADOR SILENCIO DE LOS PÁJAROS

AMONTOJO_ATRONADOR_portada“El imposible es el canto que este atronador grito nos retrata a cada momento y lo que convierte un poemario de amor como este en una trova al desamor. La poeta nos cuenta una historia frustrada que, en realidad, es la concatenación de muchas ficciones, de muchos fracasos. Ha podido amar cien veces, pero siempre ha inventado su historia. “No eres tú quien decide”, espeta a la imagen del ser amado, instantánea que ella misma ha hecho sobre un ideal ya marchito. “Será el tiempo, a traición,/con su labor de zapa/ minuciosa y constante, el que se lleve/ lo mejor de mí misma”puesto que lo mejor de ella misma es lo sentido por ella, lo irrealizado y mágico que ha volcado en este ser. En el rotundo poema “Espera, amor” se advierte claramente la esencia que obsesiona al poeta. “Quiero llegar a ti con el corazón puro”, dice. ”Contigo emergeré de mis cenizas” ¿Qué otra prueba para saber que solo ha conseguido quemarse en la búsqueda eterna y única que le conduce al amor? Porque es realmente “su amor”, solo suyo, soñado, anticipado a veces en los errores, única solución al dolor vivido. Sí. La poeta es consciente de que todo lo ha fraguado a solas. De que él, simplemente, ha sumergido “su cuerpo en otros cuerpos” contribuyendo así a la irrealidad con un nuevo muñeco de barro. Un tú que en el poema “Inexistencia” se indica con claridad “no tiene nombre, ni rostro, ni presencia” y se define desde el principio del libro como entelequia: “Donde no exista yo, cómo tú que no existes.” (Teresa Núñez, fragmento del prólogo)

JAIME

AMONTOJO_JAIME_PORTADA“No se canta todo, no se puede. Cantamos lo que se pierde pero hay cantos que se convierten en grito porque no se puede cantar al espanto o a la injusticia sino solo contra ella, y no hay forma de hacerlo que no sea gritando. No hay una palabra que designe a la persona que sobrevive a un hijo. Hay huérfanos, hay viudos, pero el lenguaje no contempla un término para referirnos a quien pierde un hijo. No la hay. Si el lenguaje crea la realidad, estamos ante un caso de lenguaje que la destruye, o la niega. Donde vivimos existe el mismo vacío para llorar a los hijos que el vacío que hay en el lenguaje, ambos espacios son del mismo tamaño: pequeños, asfixiantes; y denotan lo mismo: el no querer reconocer ni nombrar aquello que no debería pasar. No hay lugar para la pérdida, ni para el grito. Si acaso, para el canto. El dolor es tan desgarrador que no existe palabra para designarlo. Hasta donde yo sé, solo en el idioma hebreo existe una palabra, “shjol”, que designa a la persona que ha perdido un hijo. Y es que “Y también vivirá,/ suelen vivir los hijos, casi siempre”, nos recuerda Ana Montojo, en “Tu ausencia en sábado”. Ese “casi siempre” lo determina todo. Lo distingue todo, lo marca. Lo alcanza todo: casi siempre. Dos adverbios que cambian el rumbo de una vida, dos adverbios que son tan contundentes como imprecisos. Escribe Umbral enMortal y rosa, ese libro imprescindible que se ha convertido en el canto por excelencia a lo que no tiene nombre: “Estoy oyendo crecer a mi hijo. Un hijo es la propia infancia recuperada, la pieza suelta del rompecabezas. Lo que no viví en mí, lo vivo en él, lo que no recuerdo de mí es él. Él es el trozo que me faltaba de mi vida”. Así, la poeta intenta en este breve pero enorme conjunto de poemas oír crecer a su hijo, entre recuerdos, entre preguntas, en silencio, con una lírica del dolor cuyo único límite que conoce es el fin de cada verso: Aquel dolor cruzó todos los límites.” (Tulia Guisado, fragmento del prólogo)


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